jueves, 30 de enero de 2020

Coletazos de carné (sobre corsé y otras palabras)



A propósito del interés de Yajaira Grimont

y Bárbara Jiménez en el asunto





La ortografía es sobre todo arbitraria (ella procura que una palabra se escriba de la manera como se ha venido pronunciando durante cierto tiempo, por un número significativo de hablantes para quienes la lengua en cuestión es la materna). Por eso existe un “orden” que pocas veces nos parece lógico: la ortografía se vale de convencionalismos para tratar de establecer un único código que permita de forma económica, la comunicación escrita de la mayor cantidad de individuos posible. Esos convencionalismos privilegian principalmente los usos históricos. Si en español no existe la terminación de vocablos en la consonante t (por decir algo) y entonces toma prestada de otra lengua una palabra que originalmente termina con esa consonante, nuestra ortografía la absorbe y suprime esa t final, como ocurre con corset (del francés), que en español se escribe corsé.

Hay otras palabras, específicamente los nombres que llamamos propios (los apellidos Font, Millet y Grimont, entre muchos otros) que, tal como sabemos desde la escuela primaria, aunque los pronunciemos cien por ciento en español [fon, millé, grimón...], los debemos escribir en su lengua original.

Nuestra ortografía impone usos que muchas veces nos cuesta entender; en otros casos nunca llegamos a entenderlos. De todas maneras (y no es consuelo de tontos) lo más importante es que internalicemos los usos, no que entendamos la ¿lógica? ortográfica.



Alexis Espinoza

octubre de 2003

viernes, 3 de enero de 2020

¿Vaso de agua o vaso con agua?


A Juan Manuel y a Delna



El vaso no está hecho de agua, es de vidrio, plástico, aluminio..., por lo tanto no es correcto decir un vaso de agua, sino un vaso con agua”. Ante un argumento de una lógica tan aplastante, no son pocas las personas que de inmediato pasan a engrosar las filas de las y los que hacen el esfuerzo por eliminar tan bochornosa expresión de su vocabulario. Suponemos entonces que es solo cuestión de tiempo para que, en virtud del argumento expuesto, vayan cayendo también tradicionales expresiones como taza de café o plato de espaguetis; sin embargo, su supresión pasa por resolver algunos asuntos como ¿qué digo cuando quiera echar el cuento de lo que ingerí: “me tomé un vaso con agua”, “comí un plato con espaguetis”, “me bebí una taza con café”? Pero yo no me tomo el vaso o la taza, ni me como el plato, solo ingiero lo que contienen; decirlo así parece que tampoco tiene mucho sentido.


Si usted es de quienes prefieren pedir un vaso con agua, sepa que está solicitando una cantidad indeterminada de líquido (podrían entregarle el vaso con por ejemplo la mitad, un cuarto o aún menos H2O), mientras que si pide un vaso de agua, está precisando la cantidad de líquido que desea recibir (toda la que pueda contener el vaso). Vale decir que por esas sutilezas que tiene nuestro idioma, como acabamos de ver, aun cuando nada impide que podamos usar cualquiera de las dos expresiones, la carga de significado de ambas es distinta.



 La noción de cantidad está siempre presente al emplear la preposición de entre el nombre de cualquier recipiente y la materia en él contenida (vaso de agua, lata de manteca, barril de petróleo…), tanto como lo está cuando se encuentra entre la denominación de cualquiera de las unidades de medida convencionalmente establecidas y aquello que mide (kilo de arroz, metro de tela, litro de aceite…). Por lo tanto podemos beber tranquilos medio vaso de agua, utilizar dos latas de manteca o refinar un barril de petróleo, sin que ningún hablante de español promedio imagine que nos referimos a la mitad de un vaso fabricado con agua, a latas hechas de manteca o a un barril cuyas paredes son de petróleo. 

Alexis Espinoza